La tiranía del minutero…

“Pronto las estrellas brillarán inútilmente sobre el mar, porque los hombres ya no las necesitan para buscar su camino”

Arturo Pérez Reverte

La carta esférica

Moramos bajo la tiranía del minutero del reloj, el cual  nos marca las pautas del tiempo que vivimos; del tiempo que nos impone el frenético ritmo de vida, de la sociedad de consumo y de la productividad. Una sociedad competitiva, capitalista en su máxima expresión, deshumanizada e impersonal. La sociedad del desarrollo tecnológico avanzado, de intereses y poderes puramente económicos y mercantiles. Una sociedad que pierde los valores éticos, morales, y tradicionales independientemente de ideologías políticas, religiosas y étnicas a favor del pensamiento único, de la economía única y de las políticas únicas. A favor del más servil de los intereses: “El poder pecunio”.

Una sociedad que en definitiva abandona sus valores más altruistas, solidarios, intelectuales y culturales del ser humano  en pos del “nuevo valor”, por el cual  se rigen actualmente la mayoría de los individuos: “El poder económico” de la mal llamada sociedad del bienestar (para unos cuantos privilegiados). Sociedad que nos empuja a consumir más  y aparentar más que nuestro prójimo, porque en ello está el triunfo del ser humano, en ser más que tu vecino o amigo, y poder conseguir así el reconocimiento social. En el período de la Revolución Industrial ya se hacía patente como argumento al desarrollo del capital esta frase: “LA POBREZA ES SIGNO DE LA ESTUPIDEZ”. Cuando realmente lo estúpido es ser desgraciado teniéndolo casi todo. Ya saben aquello de que no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita.

Esto nos convierte a los individuos en meros útiles del desarrollo productivo y del capital; y por  tanto, por lo único que se nos valora . Haciendo que nuestras vidas y nuestro tiempo se reduzcan al ámbito profesional en la mayor parte del tiempo que disponemos, o sea, se nos valora por la capacidad que tenemos de producir y generar riqueza sin otro fin  más que el puramente comercial.

Consiguiendo así el gran objetivo prioritario del gran capital: la riqueza y el bienestar de los grandes capitales a cambio del sacrificio de los trabajadores. Para iniciar de nuevo el ciclo de  volver a consumir y seguir generando más, y produciendo más, en una rueda sin fin que nos convierte en esclavos y activos empresariales, o maquinaria productiva únicamente. Todo ello, para que sólo unos pocos se beneficien. En una sociedad que nos obliga a vivir más rápido cada vez, sin darnos cuenta de que realmente ya no vivimos porque nuestro tiempo no tiene más valor que el tiempo en el que somos productivos.

La sociedad del desarrollo, tecnología, información, y de los nuevos poderes fácticos, que no son más que los poderes económicos de los grandes oligarcas. Los poderes políticos supeditados a los anteriores, y éstos a los mediáticos dependientes de ambos, de tal manera que a veces es difícil distinguirlos.

La imagen adquiere cada vez mayor protagonismo sobre los aspectos más básicos de nuestra vida: la información, la formación, la cultura y el ocio. Conceptos básicos en la formación del individuo como ser humano. Actualmente cada uno de estos parámetros conceptuales del desarrollo del individuo está dirigido a la venta y comercialización.  No me refiero sólo a los objetos materiales y productos, sino  también a formas de vida y pensamientos, siempre encaminados  al objetivo del aumento del consumo, de la riqueza, del desarrollo económico y no social. Aunque reconozca personalmente, que a mayor aumento de la riqueza mejora el entorno social. Si  éste, no está equitativa y solidariamente distribuido, no tiene ningún sentido.

Da lo mismo el sistema si no es capaz de generar beneficio social, un mínimo de vida digna, equidad y justicia. Indudablemente no soy de los que piensan únicamente en la “utopía de una sociedad igualitaria”, al menos  no en la de la igualdad por abajo. Siempre he creído en la igualdad, bien entendida y por arriba en la medida de lo posible, pero sin que ello conlleve la sumisión y pleitesía gratuita al poderoso caballero “Don Dinero”. Siempre creí que todo el mundo debe tener la misma oportunidad de  poder vivir igual, pero igual de bien. Y cuanto más se equilibre la balanza por arriba más oportunidades tendremos de eliminar los estratos más bajos de las sociedades y borrar los umbrales de pobreza más denigrantes de las mismas. Si no puede haber jamón cinco jotas para todos, que al menos todo el mundo pueda comer, y si todos podemos comer jamón mucho mejor, aunque no sea Jabugo. Es la nueva utopía de “una sociedad igualitaria por arriba”.

Esta situación de capitalismo socializado nos roba el poco tiempo que realmente disponemos para nuestro propio uso, formación individual y disfrute de nuestro tiempo y espacio. Produciéndonos cada vez más una situación de aislamiento social y familiar. Haciendo que el individuo pierda el protagonismo y el control sobre su propia vida, y por lo tanto,  sobre su propio tiempo.

Nos aislamos cada vez más perdiendo la capacidad de comunicarnos y relacionarnos, llevándonos así de una manera vertiginosa a la despersonalización, soledad y aislamiento que nos producen tantas frustraciones, agresividad, falta de comprensión y empatía con los demás. La sociedad de la información es la sociedad del aislamiento y de la soledad del individuo. O sea, caminamos rápidos, pendientes y esclavos de nuestro reloj, para no llegar tarde a “La soledad del ser humano”.

A veces pienso en la conveniencia de quitarnos todos los relojes, y entonces sin noción del tiempo productivo  dedicarnos únicamente al tiempo natural, a vivir un poco. Nunca se adecuó tanto a la tiranía del reloj el dicho latín, “CARPE DIEM”, que se puede traducir como: “Aprovecha el día presente, o el momento presente”.

Quizás ha llegado el tiempo de dar sentido otra vez a las palabras: “tiempo” y “vivir”, tal y como las describió Paulo Coelho en uno de sus libros más famosos “El Alquimista”: “Cuando todos los días resultan iguales, es porque las personas han dejado de percibir las cosas buenas de la vida”.

Creo cada vez más firmemente que la esencia de la vida “no es tener lo que queremos, sino por el contrario, es querer lo que tenemos”.

¡Volvamos al tiempo de vivir! Compaginando todo lo bueno que nos aporta una sociedad desarrollada, con un crecimiento no sólo económico y que permita al individuo como tal, tiempo para “VIVIR” y no sólo tiempo para “PRODUCIR”, dejándole espacio suficiente para formarse, culturizarse, informarse, comunicarse, compartir, solidarizarse, relacionarse, amarse, ayudarse, escucharse, y porque no, siempre que el reloj nos de tiempo, también trabajar. Aquello de…“trabaja para vivir y no vivas para trabajar”

El trabajo dignifica a el hombre, “pero el hombre que trabaja es más digno si es solidario con su prójimo y su entorno”; y para ello,  necesita liberarse de la tiranía del minutero y de la conciencia del capital sin más beneficio que el dinero.

Jordi Carreño.

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