Aceite, cultura y memoria…

Arturo Pérez Reverte

Arturo Pérez Reverte

Por Arturo Pérez Reverte: (El Semanal)

Acabo de recibir el primer aceite del año, que me envían los amigos: aceite de oliva virgen, decantado y limpio tras su recolección hace un mes o dos. Siempre me llegan algunos litros embotellados y enlatados que atesoro en la bodega, y que irán cayendo poco a poco, con mucha mesura y respeto. Y tiene gracia. Soy todo lo contrario a un gourmet. Como y bebo lo justo. Pero antes, con la juventud y las prisas del oficio y esas cosas, todavía le daba menos valor a la cosa gastronómica. Tomaba aceite con tostadas, o echándolo a la ensalada, o con huevos fritos, sin reparar demasiado en ello. Quienes, como yo, comen casi de pie, ya saben a qué me refiero. Lo que pasa es que luego, poco a poco, con el tiempo y la calma, cuando la mirada en torno y hacia atrás suele ser de más provecho, empecé a advertir ciertos matices. A valorar cosas de las que antes pasaba por completo. En lo del aceite de oliva resultó decisivo mi amigo y compadre Juan Eslava Galán, que es autoridad aceitíl –en el buen sentido de la palabra.

No se trata de aceite nada más, ni de comida ni de cocina. El aceite de oliva forma parte no sólo de nuestra mesa, sino de la memoria, de la cultura y hasta de la verdadera patria, si entendemos así ese lugar viejo, sabio, generoso, llamado Mediterráneo: esa bulliciosa plaza pública donde nació todo, en torno a las aguas azules por las que ya viajaban, hace diez mil años, naves negras con un ojo pintado en la proa. Hablo del lago interior que nos trajo dioses, héroes, palabra, razón y democracia. Del mar de atardeceres color de vino y de orillas salpicadas de templos y olivos, donde se fundieron, para alumbrar Europa y lo mejor del pensamiento de Occidente, las lenguas griega, latina y árabe. Hablo del mar propio, nuestro, que nunca fue obstáculo, sino camino por donde se extendieron, fundiéndose para hacernos lo que somos Talmud, cristianismo e Islam. No es casual que todavía hoy los pueblos bárbaros sigan friendo con grasa y manteca.

Salud y cocina aparte, consumir aceite no es un acto banal. Es, también, participar de un rito y una tradición seculares, hermosos. El currículum de ese bello líquido dorado es impresionante: zumo del fruto del olivo –la seitún árabe y del trabajo honrado y antiguo del hombre, ya era parte de los diezmos que el Libro de los Números recomendaba reservar a Dios. También se utilizaba en la consagración de los sacerdotes y los reyes de Israel, y más tarde ungió a los emperadores del Sacro Imperio y a los monarcas europeos antes de su coronación. En sociedades de origen cristiano, como la nuestra, el aceite estuvo presente durante siglos, tanto en la unción del nacimiento como en la extrema unción de la muerte. La costa mediterránea está jalonada por ánforas olearias de innumerables naufragios, y los viejos textos abundan en alusiones: el Deuteronomio llama a Palestina tierra de aceite y miel, Homero menciona el aceite en la Ilíada y en la Odisea, Aristóteles detalla su precio en Atenas y Marcial, que era romano e hispano –esa Hispania que algunos imbéciles niegan que haya existido nunca, pone por las nubes el aceite de la Bética. Y todo eso, de algún modo, se contiene en cada chorrito de aceite que ponemos sobre una humilde tostada. Así que, por una vez, permítanme un consejo: si quieren disfrutar más del aceite de oliva de cada día, piensen un instante, cuando lo utilicen, en todo lo que significa y lo que es. Luego viértanlo con cuidado y mucho respeto, procurando no derramar una gota. Sería malversar nuestra propia historia.

cym_oliva-1OPINIÓN:

Ya hace mucho tiempo que sigo al autor de este artículo, es mas, tengo toda su bibliografía. Polémico y discutido tanto por la derechona casposa y anquilosada, como,  por la progresista izquierda utópica y desfasada. Quizás estas palabras suenen raras, pero ya me conocéis, no soy para nada dogmático y opino, y digo las cosas,  tal como las pienso y siento. Tachado de fascista, supranacionalista, machista, comunista, exhibicionista, antisemita, antiárabe y antitodo;  para mí, sigue siendo un personaje cuanto menos genuino, peculiar, inteligente, prepotente, mordaz, irónico, chulesco, desilusionado, sin pelos en la lengua; y cuando menos, sin ataduras en su cabeza, lo que de por sí, es de admirar y respetar.

No voy a hacer una defensa numantina y a ultranza del mismo; primero porque no es necesaria; segundo porque él no me lo ha pedido, y no creo,  que tampoco lo hiciese; tercero porque no soy el abogado y vocero de nadie, pero al menos  si me gustaría dar mi opinión al respecto,  y hacerlo a través de este artículo suyo (antiguo si quieren –es del 2005-, pero vigente).

Creo que el autor siempre ha expuesto claramente sus puntos de vista sin dejar mucha duda de lo que expone, o al menos a mi me  lo parece la mayoría de las veces. Otra cosa, es la lectura que se le quieran dar a sus escritos, la comprensión de los mismos, y sobre todo el modo de alinearlos a los pensamientos de cada una de las tendencias que lo critican o adulan. Es todo mucho más simple que eso. Todo se basa en el basto conocimiento de la historia de la que el autor alguna vez hace alarde de modo algo pedante ( y creo que puede hacerlo). Tan simple como eso.

Arturo Pérez Reverte es un “originario” si se le puede llamar así, es decir, su plática está basada en los orígenes de las cosas, de los pueblos, de sus culturas, sus lenguas, sus historias y sus miserias también. Por eso mismo puede argumentar; a los nacionalistas,  con más historia de la que ellos pueden presentar y entender; a los fascistas, sobre todas las aberraciones que puedan haber cometido y cometerán; a los progresistas,  respecto a sus contradictorias teorías y utopías; a los políticos,  en relación a su incultura general e impostura generalizada; a los militares,  su respeto por dejarse la piel (simplemente por eso sin entrar en más valoraciones),  pero también, su crítica más ácida por las experiencias vividas con ellos o contra ellos; y sobre todo, a nuestra especie, de la cual él, ha sido testigo de toda nuestra capacidad autodestructiva (de ahí su escepticismo en la misma – yo también lo tengo-) y repulsa por haber tenido que conocer precisamente el lado más oscuro de todos nosotros, aquél donde los demás no nos atrevemos tan siquiera ni a mirar. Por eso mismo le admiro y respeto, aunque no siempre comparto sus opiniones ¡faltaría más! Que por algo me dio mi madre una cabeza rellena de materia gris y poco pelo.

Hoy releyendo de nuevo su libro “No me cogeréis vivo” (no os extrañe, me gusta hacerlo y repasar mis anotaciones, etcétera, etcétera. No voy a dar muchas más explicaciones), he sentido que en el aceite dejaba entender la esencia de todo aquello que él muchas veces nos quiere transmitir, o al menos,  así es como yo lo entiendo.

En la historia está todo, lo hecho y lo que nos queda por hacer. La que nos enseña que ya no hay grandes inventos, si acaso, grandes avances tecnológicos que no sabemos si son buenos o malos para nosotros. Que lo esencial está siempre en lo más simple, en lo que nos permite muchas más lecturas que la propia, que no es más,  que el origen de las cosas. El quién, el dónde,  el cómo, el por qué  y el cuándo, que nos dicen de quien venimos, de donde venimos, como somos, porque somos y sobre todo, cuando. Cuando sucedió. Simplemente es la historia.

Si señor Reverte, el aceite, cultura y memoria es lo que le faltan a esta sociedad. El trabajo y esfuerzo  fundamentado en lo natural  y auténtico, el conocimiento que nos enriquece como esas sabrosas gotas liposas encima de una hogaza de pan;  y memoria, o si lo prefiere la historia, que nos enseña nuestros yerros y aciertos. (aunque no seamos capaces de aprender de ella).  Tan simple como unas gotas del oro líquido en una simple tostada. Tan complejo como años tardamos en completar el proceso de producción para conseguir esas gotas. La historia no es sólo un tiempo pretérito, es el camino hacia el futuro, nuestra guía.

Jordi Carreño Crispín.

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