Las sombras del mal planean sobre la piel de toro…

...aquella sombra que no nube, iba cubriendo el cielo como aceite derramado...

Un domingo soleado cualquiera en el país de la pandereta, de los toreros, de la paella y la sangría, sonaba en la radio  la folclórica voz de Lola Flores cantando ¿Qué tiene la Zarzamora que a todas horas llora que llora por los rincones, ella que siempre reía y  presumía de que partía los corazones?

El sol se iba apagando, las temperaturas iban bajando  al igual que el ánimo de sus gentes como si un mal presentimiento se apoderara de todos ellos. Los cielos tornaban grises y oscuros, el ambiente se espesaba tanto como un gazpacho con migas de pan. De repente, las guitarras dejaban de sonar y la gente se miraba incrédula, se miraban unos a otros  sin comprender bien lo que estaba sucediendo, dejando sus vasos de vino y sus cañas de cervezas encima de las barras de los bares, mientras el silencio se apoderaba del ambiente. Las risas de los niños se habían apagado, los parques estaban vacíos, las mujeres no cantaban en los patios y cocinas, los Manolos y Pepes, se habían olvidado de que aquél día se jugaban el final de liga los dos gallos balompédicos, los pájaros ya no cantaban, los perros ladraban y las flores se cerraban y marchitaban lentamente, mientras los frutos dorados caían podridos de los árboles. Todos miraban con incredulidad al cielo, viendo como éste se oscurecía.

Habían leído, oído y visto durante semanas lo de la nube de cenizas por los diferentes medios de comunicación, incluso algunos la habían padecido en algún aeropuerto, pero aquella oscuridad no era normal, aquél frío en mayo no era el  habitual y el malestar que se respiraba era cuando menos insano y agobiante ¿Qué estaba sucediendo? Se preguntaban interiormente.

Ni los científicos, ni los intelectuales, ni los políticos, ni los eruditos en diversas materias, incluidos esos fantásticos tertulianos de radio y televisión,  que siempre tenían opinión y respuesta para todo, aunque fuese a gritos, eran capaces de dar con la respuesta de lo que sucedía en la piel de toro, eran incapaces de adivinar a qué se debía ese extraño fenómeno. Nadie…, nadie, era capaz  de intuir lo que acontecía.

Él, sentado en su sillón con el semblante apesadumbrado, con la congoja que lleva saber lo que está ocurriendo, con la tristeza de no haber podido ser el guía hacia los Campos Elíseos, él, mientras veía a aquella balanza desequilibrarse total e irremediablemente, y sin capacidad de poder reaccionar ante la imposibilidad de hacer entender a sus conciudadanos que la ceguera popular de más de treinta años había matado definidamente a “Las Horas”, las hijas de Zeus y Temis, Eunomía (Orden),  Dice (Justicia) e Irene (Paz). Él, que sabía que las huestes de manos limpias con yugos y flechas  habían roto de manera casi irreparable el ciclo de las estaciones en el antiguo país de los íberos, es decir, el ciclo de la vida, que se interrumpía para ellos con el vuelo bajo de la gaviota, él, no era capaz de asimilar, al menos de momento, que no cabía ya en aquellas tristes tierras,  mas que una vida anormal, anómala en su  mal llamada democracia. Así que muertas “Las Horas”, aquéllas mismas  que convertidas por los atenienses en Talo, (Tallo), Carpo (Fruto) y Auxo (Crecimiento), dejarían de dar sus frutos de fertilidad terrenal y sobre todo espiritual. Ya nada sería igual. Aquella sombra que no nube, iba cubriendo el cielo como aceite derramado y no dejaría crecer nunca al árbol de la verdad, de la justicia y de la reparación.

Las sombras del mal pasado habían sido liberadas del reino de Hades,  y por tanto, había sido  abierta la caja de Pandora para mal de todas las virtudes, así que ahora, volvían para recordar que el mal prevalece sobre el bien, sobre todo  porque cuando los hombres buenos e impasibles dejan de actuar , el mal ejerce con total impunidad. y campa a sus anchas

Así que él, sí sabía cuando oyó aquella melodía folclórica por quién lloraba la Zarzamora. Lloraba por él, el hombre justo ajusticiado, lloraba por las hijas de Zeus y Temis, y sobre todo, lloraba por todos nosotros, porque a partir de aquél día, sin orden, sin justicia, sin derecho y sin libertad, estábamos todos condenados a vagar por el Tártaro eternamente encadenados al pasado caudillista, mientras las sombras de los nuestros gritaban ahogándose más en el lago Estigia.

...mientras veía a aquella balanza desequilibrarse total e irremediablemente...

Escrito por Jordi Carreño para “La Memoria Viv@”

Enlace:

http://lamemoriaviva.wordpress.com/2010/05/16/11286/

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