¿Cuántas cosas no cambiaron Sr. González?

Sin menos cabo de lo mucho que avanzó el país en la época de Felipe González, para lo bueno y para lo malo también, y reconociéndole que quizá haya sido el presidente más carismático de joven democracia española, no puedo obviar y dejar de ser crítico desde la visión que me impone la vicepresidencia y mi sentir memorialista y reflexionar sobre el tema que  me ataña preguntándome… ¿Cuántas cosas no cambiaron? Y visto lo visto al día de hoy,  y en el tema que me ocupa, nada cambió con los gobiernos del Sr. González, todo siguió atado y bien atado.

España seguramente requería de temas y asuntos mayores para  los  ejecutivos socialistas, eso indudablemente nadie lo puede discutir, pero tampoco es discutible que perdieron una gran oportunidad histórica de gestionar mucho mejor y con más valentía el espinoso tema de la Recuperación de La Memoria Histórica. Y es que hay asuntos que es mejor no tocarlos, sobre todo si son políticamente incorrectos, si pueden costar votos y además son el acicate que pueden provocar controversias por las reminiscencias del pasado,  sobre todo, cuando no se cree que el asunto sea  de importancia y la mejor opción es fomentar el olvido.  Pero  precisamente  por todo ello, porque el tema no es baladí desde el punto de vista legal e histórico, sobre todo para los afectados, no implica que temas mayores impidan que se deje de hacer justicia legal e histórica.

Los familiares de las víctimas del franquismo seguimos siendo obviados y olvidados, y sólo se nos menta cuando es necesario un apoyo político o cuando salir en la foto es apropiado u ocurrente. No estoy de acuerdo con el ensalzamiento (sin desmerecer los méritos conseguidos) gratuito de aquellos que tuvieron la oportunidad de cambiar y hacer justicia no sólo con la historia del país, sino con las víctimas y familiares de los represaliados por el franquismo,  aún olvidados, por tanto, no cambiaron tantas cosas, sólo las maquillaron con la pintura de la urgencia futura. Nos dejaron abandonados y olvidados a conciencia. Desde Suresnes hasta el día de hoy el Sr. González no se acordó nunca de los vencidos tricolores, es más, él también renunció a su esencia republicana por unas migajas de democracia impuesta y continuista del régimen anterior. ¿Cuántas cosas no cambiaron Sr. González?

Jordi Carreño Crispín

Vicepresidente de la A. I. La Memoria Viv@

¡Cuántas cosas cambiaron…!

MARCO SCHWARTZ

Acarisma nadie le ganaba. “Felipe, capullo, queremos un hijo tuyo”, le gritaban las mujeres en los mítines, y él se dejaba querer. Las elecciones del

28-O de 1982 eran su tercer intento para llegar a la Moncloa; en los dos anteriores, había topado con el amable heredero del ancien régime Adolfo Suárez. El González sin corbata y con aire de Curro Jiménez de previos carteles electorales se presentaba ahora con corbata, incipientes canas en las patillas y una mirada ensoñadora dirigida hacia algún punto álef elegido por el asesor de imagen. El lema: “Por el cambio”. Él ya había iniciado el suyo: ocho años antes, en Suresnes, había desalojado del poder del PSOE a los duros llopistas con el apoyo de los popes del socialismo europeo, Palme, Brandt y

Nenni. Y una de sus primeras acciones fue eliminar la invocación marxista de los estatutos del partido. Arrasó. Obtuvo 202 escaños, un récord hasta ahora imbatido en democracia. Se convirtió en el jefe de Gobierno más joven de Europa. El partido de Suárez, UCD, se hundió en el abismo; Alianza Popular, de Fraga, surgió como segunda fuerza. Y llegó “el cambio”. Los mercados, al comienzo aterrorizados, comprobaron que no había motivos para el pánico: los socialistas no venían con planes quinquenales, sino con un pragmatismo a prueba de hoces y martillos que encontró en Miguel Boyer, ministro de Economía, su máximo exponente. Del “OTAN, no”, se pasó al I love OTAN. Y surgieron aberraciones como los GAL. Al mismo tiempo, se desarrollaron políticas sociales desconocidas desde la República y se tomaron medidas osadas para su tiempo, como la renovación del Ejército o la despenalización del aborto que, aunque insuficiente, encabritó a la caverna huérfana del caudillo. Muchas cosas cambiaron, y el impulso duró su tiempo: para que la Moncloa cambiara de inquilino hubieron de pasar casi 14 años.

http://www.publico.es/especial/elecciones-generales/2011/carteles/6/

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