YO TAMBIÉN QUIERO LA TERCERA, PERO NO COMO LA SEGUNDA…

 

Yo nunca fui partidario de fronteras y banderas, o de cualquier otro símbolo que determine una obligación geográfica, dogmática o ideológica; por tanto, y aunque alguna vez yo he remitido mis comentarios alegóricos al pensamiento republicano, en base a la metafórica mención tricolor, lo hago siempre desde el máximo respeto a lo que significa, a todas aquellas personas que bajo ese mismo precepto siguieron y dieron, todavía siguen y dan (o darían) su vida por la defensa de la igualdad, la libertad y la fraternidad fundamentada en el pensamiento ilustrado. Pero lo hago desde el convencimiento de que cada época tiene sus connotaciones y circunstancias históricas propias, y que hacen que cada uno de nosotros podamos decidir si algo mereció o merece la pena defenderlo a ultranza como única verdad ya que la moneda siempre tiene dos caras.

Desde luego no renunciaré nunca a mi ideario republicano e individual, pero siempre sin partidismos, nunca como un dogma de fe, sino como una opción determinada por el convencimiento del raciocinio y la máxima expresión de libertad, o sea, con la aceptación democrática de un sistema que no distinga colores, sino más bien que respete la LIBERTAD individual y colectiva. Como tampoco lo haré, al hecho de conseguir que algún día se pueda poner ésa etapa de nuestra historia nacional en el lugar que por la misma le corresponde, me refiero a la recuperación de la Memoria Histórica desde el período que abarca a la II República y nos lleva a hasta la Transición democrática pasando por la nefasta “Guerra Incivil”, la posguerra y la dictadura franquista. Es decir, a completar la misma desde la visión del historiador nacida de la investigación y la reflexión objetiva basada en los hechos acontecidos y demostrables.

El 12 de abril de este año se cumplían en nuestras efemérides históricas ochenta y un años de las elecciones Municipales que llevaron dos días más tarde (14 de abril de 1931) a la proclamación de la II República española, motivada por los partidarios de las opciones republicanas que consideraron entonces aquellos resultados como un plebiscito a favor de la instauración inmediata del nuevo sistema. Si tenemos en cuenta que las elecciones municipales arrojaron como resultado en el momento de la proclamación del nuevo régimen, unos resultados parciales de: 22.150 concejales monárquicos -de los partidos tradicionales- y apenas 5.875 concejales para las diferentes iniciativas republicanas, quedando 52.000 puestos aún sin determinar, no podemos deducir que se produjese una victoria republicana aplastante pese a que los republicanos consiguieron 41 capitales de provincia, argumento que les llevó a considerar el  triunfo como la justificación de una amplia derrota de la monarquía, y por ende, le dieron carácter constituyente al cambio de régimen. Esto es un hecho histórico irrefutable y los resultados y los propios hechos están ahí, independientemente de que posteriormente si fuese legitimada por sufragio universal sin paliativo alguno.

También es un hecho que la II República fue un régimen de grandes intenciones que pretendían renovar un arcaico sistema basado en el Antiguo Régimen y que se intuía en sus objetivos la instauración de las nuevas corrientes del pensamiento avanzado y fundamentado en el estudio, la ciencia, el raciocinio y la reflexión; alejándose de la superstición y de la sociedad feudal que bajo el palio de la monarquía y la religión de siglos pasados subyugaron a los pueblos y los condenaron al ostracismo, la miseria, la incultura y las diferencias sociales más aberrantes. Pero que no tuvo en cuenta tampoco, que para ello, la sociedad no estaba todavía preparada y madura para sentar las futuras bases que permitieran al pueblo famélico e inculto el que no radicalizase esos ideales de libertad y actuase en consecuencia, y no como contrariamente actuó, es decir,  con el peso de la razón y la libertad y no de las luchas intestinas, la violencia, la desobediencia y fundamentalismo de los cánones partidistas.

Indudablemente la consecuencia fue la lucha de los diferentes poderes y facciones republicanos, así, como la posterior oportunidad de excusar a las mentes más retrógradas y conservadoras de las más puras tradiciones pretéritas, como el de salvaguardar al Mundo del caos libertario y demoníaco de las hordas rojas; y que en el nombre de Dios, el suyo propio (su verdadero interés) y el de las clases más favorecidas, urdieran y pusieran conjuntamente en marcha el cambio político con la más que premeditada sublevación (verdadero Golpe de Estado) en contra de su propio pueblo y que no fue más que la consecuencia y embrión del fallido cambio a través de una prevista y rápida lucha armada entre hermanos, que se dilató por la resistencia de un pueblo negado al futuro de un yugo fascista que terminó por vencer a los aires de libertad con la más atroz de las represiones.

Por eso, ochenta y un años más tarde y mal que les pese algunos, a otros posiblemente les caiga yo del guindo, o para aquellos que se les pueda ocurrir llamarme revisionista, traidor y no sé cuántas burradas más, sólo decirles que yo sí quiero la III República, más que muchos de ellos, pero que no la quiero a cualquier precio, con costes de sangre, no la quiero con pago de imposiciones, no la quiero sin respeto a los pensamientos dispares, sin debates que fomenten la libertad y el enriquecimiento de la democracia, del respeto individual y colectivo, y sobre todo, no la quiero como la II República más que en su esencia. Quiero una Tercera República traída de la mano de la libertad y de la democracia, soportada por el beneplácito mayoritario de un pueblo lleno de aires de razón y pensamiento humanista, de la ilusión de las nuevas generaciones que luchen por unas sociedades mejores, por un Mundo mejor, por todas las gentes que habitan este planeta y que se merecen ser escuchadas y tratadas como lo que son, seres humanos. Sí quiero la Tercera, pero no como la segunda.

Jordi Carreño Crispín.

(Vicepresidente de la A. I. La Memoria Viv@)

15 abril de 2012

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