ES MI CUERPO Y NO EL SUYO SR. MINISTRO…


El principio de la libertad es el respeto a la vida de los demás. Por eso, con la libertad de hacer lo que quiero y deseo con mi cuerpo, decido dar la vida si es digna para el nuevo ser y para mi, por eso también decido sin considerarme Dios(a) y si voy a ser capaz de asumir tanta responsabilidad impuesta sabiamente por la naturaleza en mi papel de hacedora y dadora de la vida; es decir, elegir cuando quiero ejercer de madre y entregar mi vida a otro ser renunciando incluso libremente al mío propio, sin más excusas que ser coherente, digna y fiel a mi persona, sin que ningún ministrable personaje, o lúcido individuo purpurado o con alzacuellos, o peor aún, ningún retrógrado fundamentalista y/o religioso me condenen como asesina, me traten como una delincuente o estigmaticen mi vida por ello.

El aborto puede ser inducido o involuntario, en el primer caso hablaríamos del latín abortus que deriva del término latín “aborior” o contrario a nacer, o sea, entiendo que tan maña e importante decisión no la puede tomar una célula o grupo de células que todavía no se han constituido en un ser, y no sólo un modo de vida, por eso como mujer diseñada por la sabia natura y como cuerpo preparado para poder gestar, debo ser yo la que decida por qué, cómo, cuándo y con quién deseo ejercer mi derecho libre de ser madre. En el segundo de los casos por desgracia (si es deseado) hablamos de la interrupción involuntaria por la pérdida del embrión o feto, es decir, de una vida, pero no de un ser humano todavía, por tanto, creo que como hembra de la especie que me ha tocado perpetuar, que estoy obligada a precisamente parir seres humanos y no otros modos de vida diferentes. Así que no entiendo porqué alguien debe decidir por mi si soy o no madre, si doy o no el consentimiento para crear a un nuevo ser en mi interior y sacro cuerpo.

Por eso Sr. Gallardón o si prefiere Sr. Ministro; aunque realmente no soy una mujer, le escribo estas líneas como si fuera una de ellas para decirle que usted tiene menos motivos que yo para ejercer de Dios moralista y decidir por mí; o mejor dicho, por ellas en la decisión más importante y que sólo le compete a aquellas mujeres que tendrán que donar libre y generosamente su cuerpo a la causa humanitaria de colaborar incrementando la especie.

Usted, con todos mis respetos no es nadie para decidir si sí o si no ellas pueden ser o no  madres. Métase su endiosado criterio en el bolsillo de su malentendida moralidad divina y deje que las que realmente saben de esto, decidan por sí mismas, que eso si es ejercer de demócrata y amparar y proteger la libertad, y no actuando como hijo de la gaviota dictadora del pensamiento único. Dicho sin acritud, claro que sólo es indignación una vez más con sus criterios salvamundos y exclusivos.

Jordi Carreño Crispín.

 

 

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