Desafección popular por nuestros padres y dioses…

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“No hay más ciego que aquel que no quiere ver”… Una vez más la sabiduría popular refleja en este corto refrán una realidad patente desde hace mucho tiempo en nuestro país… la percepción desvirtuada de la realidad de nuestra clase política, la ceguera dogmática y endogámica del partidismo, del bien propio por encima del bien común, de la invidencia auto infringida por el poder, de su apego a él y al cohecho que regala el mismo, la ablepsia creada por la suerte pecunia de los interesados y que está estrechamente ligada al sentir poderoso de las deidades,  al poder de decidir sobre la vida y miseria de los demás. Eso sí, bajo el eufemismo de…”espíritu de dedicación al servicio y bien público” como único modo de justificar la salud mental de aquellos que bajo ése gran sacrificio, el de trabajar para los demás; y no para sí mismos, van a tener que mentir, engañar, ser hipócritas y actuar contra los propios intereses de la gente que los ha elegido, eso sí… por su propio bien; y sobre todo… interpretar su papel en nuestro nombre en la mejor obra y teatro posible; el de la vida real, creando un perfecto ejemplo del oxímoron con la fiel coartada de que el mal creado es el fin que  justifica los medios en pos de nuestro propio bienestar. Así quedan excusadas sus señorías ante la sociedad y sus propias psiques. Todo lo hecho, incluido el mal, es por nosotros, por nuestro bien aunque no lo entendamos.

Y claro, todo eso nos lleva a que el “pópulos” que no es más que una masa indeterminada para ellos, moldeable por sus sabias manos de artesanos de la enjundia debemos encima agradecerles de buen grado tan magno esfuerzo; y además… debemos sentirnos orgullosos (como masa indeterminada) de ser agraciados, agradecidos y bendecidos por el “sobeteo democrático” recibido por sus mentes privilegiadas en las artes de la manipulación y la ambición desmesurada. Así pues, con estos condimentos no es de extrañar que nuestros bienhechores sientan esa afección paternalista de decidir por nosotros  como buenos padres amparándose en un sistema defectuoso que los legitima a actuar contra sus propios hijos “votivos” (no putativos, somos hijos de papeleta bisiesta, cada cuatro años), entre otras cosas porque nosotros no sabemos (como buenos hijos) que es lo que más nos conviene; y claro, a ellos tampoco les interesa que así sea, o séase, que lo sepamos, de ahí su ceguera y sordera por nuestro propio bien.

No es raro que ante tanto desmadre y circo de despropósitos los hijos se tornen díscolos y renuncien al amparo de sus paternales benefactores, y entonces empiecen a alzar sus voces, a quejarse y definitivamente movilizarse con el fin de despertar la atención de aquellos que como los dioses del Olimpo viven otra realidad a la de sus súbditos e hijos. Pero la distancia entre unos y otros es eterna y el sistema protege a las deidades, lo que lleva finalmente a la decepción, cansancio e impotencia que dejan paso a la desidia, la incredulidad y la desafección popular. Es entonces cuando los ciegos sistemáticos creen que han vencido y que son inmortales y vitalicios.

Quizás no valga la pena o no sirva de nada pero al menos que sepan que hay algunos, por no decir muchos de sus hijos,  que no se conforman, que piensan por sí mismos, que están ojo de avizor y que con sus pocos medios se encargan de recordar como hermanos mayores al resto de esa masa indeterminada, sin nombres ni caras para ellos, que sí tenemos memoria, que sí sabemos lo que deseamos, que somos autosuficientes, independientes y que esperamos el despertar advenedizo y amoroso de otra generación de padres o dioses capaces de cuidarnos, querernos, respetarnos y protegernos.

Ahí estaremos, esperando el amor, protegiéndolo con nuestra desafección popular hacia ellos a nuestros menores, críticos y ácidos con todo lo que hagan,  y a diferencia de ellos lo haremos sin esperar nada a cambio, sólo por ética y moral, por derecho y justicia. Porque podemos hacerlo.

 Jordi Carreño Crispín

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