Los tiempos cambian…¿Monarquía o República?

O mantenemos las sombras del pasado franquista y de las monarquías absolutistas o apostamos por una concepción de Estado moderno y adaptado a los nuevos retos de la era socialmente tecnológica. Sólo la unión hace la fuerza.

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No voy a repetir la historia de la huída de Alfonso XIII, como tampoco lo haré con una lectura histórica de cómo supuso la misma el advenimiento de la II República española a través de unas elecciones municipales, que por sus resultados, supusieron el sentimiento y lectura de plebiscito de unas elecciones generales entre las facciones afines a la república a causa del pesimismo y mal hacer de los dirigentes todavía anclados en el imperialismo pretérito de lo que fue España imperialista, y ya no era; y ante todo, el desánimo de un pueblo mayoritariamente inculto, agrícola, subdesarrollado y agotado por la miseria e incapacidad de los distintos gobiernos y dictaduras de la época regente de Alfonso XIII, y que  apoyándose en los gobiernos y directorios militares, la Iglesia y las clases más pudientes que paseaban las aureolas victoriosas del bagaje que les produjo las guerras carlistas en su espalda, negaron la máxima del desarrollo con sus miedos, conservadurismo y absolutismo para   sumarse a la posibilidad de subir al tren de la Revolución Industrial e ideológica que ya corría por toda Europa, y que como resultado, cedió el paso a lo que la historia ya nos ha dejado escrito para los anales de la misma como una lección pendiente del pueblo español. Ser pioneros del desarrollo europeo desde la caída del Imperio donde nunca se ponía el sol.

Si quiero hacer una pequeña reflexión de la incapacidad y la cobardía de la estirpe borbónica a lo largo de su historia, y que por más que se pretenda lavar la cara al ensalzar la del actual Jefe de Estado, no es más que la consecuencia de sus más que dilatadas historias de sus cronológicos desaciertos y efeméricos mandatos (me refiero a todos los borbones) en su que hacer de regentes ungidos por la gracia de Dios, o del sistema de imposición “dedocrático” del padre dictador de la España de… ¡Una, grande y libre! Como es el último caso. Y que aprovechando la huída de su abuelo y por ende la de toda la familia real por miedo al sentirse desafectado por su propio pueblo; en vez de afrontar con valentía e inteligencia la oportunidad que le brindaba la historia de crear una nueva época de libertades y desarrollo reforzando así la institución monárquica con fórmulas mixtas como la inglesa, holandesa, belga, etc., o incluso, de la capacidad teórica de la mente avispada, inteligente y subversiva del  su padre Don Juan, que en su rebeldía y patriotismo fue incapaz de recopilar apoyos internos y externos durante su exilio con un programa de modernización y apoyo total de la ayuda exterior en una época en la que se les temía más al comunismo y el socialismo que al propio fascismo (y a las pruebas y hechos históricos me remito con acciones como las de América, Francia e Inglaterra), no le quedó otra más que dejar que la vuelta de la corona fuese pactada entre él mismo y el sátrapa Caudillo golpista con la esperanza de recuperar e instaurar la Institución Monárquica en libertad, aprovechando así el halo monárquico y de corte militarista de Franco para así reinstaurar la institución monárquica bajo la custodia de los militares menos preparados y más sangrientos, los africanistas, después de haber ordenado este el país con una guerra santa y un régimen de limpieza y adoctrinamiento ideológico pleno que garantizase su supervivencia y dominio, en su persona o en la del Príncipe Juan Carlos.

Alfonso XIII dejó pues, un vacío político, una desorganización estatal y por supuesto el abandono de todo el  pueblo español,  que en su ignorancia no supo valorar ni prever aquellas circunstancias y todos sus hechos- Dejándose caer en manos de una menos capaz República llena de ilusiones, dogmática, llena de colores dispares incapaces de crear un arco iris de libertad y esperanza conjunta, y que en sus incompetentes luchas intestinas por la supremacía republicana sólo consiguió la inestabilidad, la inseguridad, la utopía y allanó el terreno de aquellos militares salvapatrias y que sólo necesitaron del apoyo miedoso de las clases altas y de las bendiciones eclesiásticas como último reducto europeo del catolicismo arcaico. Con el dinero y Dios a su lado ¿Qué poder iba a tener el pueblo? ¿Qué fututo tenía la II República? Visto lo sucedido, no hay nada más que decir.

Ochenta y dos años después las cosas han cambiado en apariencia, nos vendieron las migajas de una democracia y libertad amparadas por una Constitución inmovilista y garante de la impunidad monárquica, así el Borbón puede ejercer de lo que es, el Rey absolutista modernizado en una figura diplomática y decorativa que sigue utilizando su derecho de pernada sistemáticamente aunque no se deba ni pueda decir, con amores y amoríos de corona y Corinnas, cacerías elitistas y paseos entre baños de multitud con la carta crediticia de haber salvado la democracia de aquellos infames militares de los que él era el máximo responsable; y todo ello aderezado y ornamentado con la imagen de familia real campechana, unida y feliz, deportista y culta (que a excepción de la reina bosteza en los actos culturales) y que tiene más polvo y miseria debajo de la alfombra real que aquellos colchones de paja pulgosos de la posguerra, y es que tengo la sensación de que el lema borbónico es… “mejor vivir de rodillas y coronados que de pie y orgullosos en el exilio de la Zarzuela”. (No me importa que se queden si trabajan y no cuestan dinero y prebendas a cargo del erario público).

Quizá ha llegado el tiempo y el momento justo de modernizar el país, de darle la opción de elegir entre la soberanía de la corona y el  pueblo soberano de una Constitución acorde con los tiempos que corren y correrán, y dejar por fin que sean las urnas por voz del pueblo las que decidan y legitimen Monarquía sí, o Monarquía no,  que todo tiene su tiempo, o a la III República, en cuyo caso debería ya prepararse para el futuro sin demagogia ni rémoras y errores pasados y, con todas sus opciones intactas de partidos conservadores y progresistas, sin la sombra pretérita de aquella añorada II República que fue tan romántica como ineficiente, irrealista e incapaz.

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Jordi Carreño Crispín (escrito para la LMV)

Vicepresidente de La A.I. Memoria Viv@

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