De cuando el miedo mató a las libertades.

No hay peor dictadura que la del miedo, capaz de justificar lo injustificable en cuanto a libertades se refiere…

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Zona 0 de los atentados del 11S World Trade Center (NY- EEUU)

Como sentenció el periodista, escritor y pensador español Ramiro de Maeztu…”La libertad no tiene valor en sí misma: hay que apreciarla por las cosas que con ella se consiguen“.

El 11S cambió las cosas en lo que a las libertades del individuo y sociales se refiere y, el miedo causado por sus consecuencias fue el inicio del fin de todas las libertades conseguidas desde la caída de los absolutismos e imperialismos hasta el desarrollo de los sistemas democráticos occidentales durante los siglos XIX y XX.

El escritor alemán y auto declarado anarquista sin objetivos Rudolf Rocker escribió que, “la libertad no es un concepto filosófico abstracto, sino la posibilidad concreta de que todo ser humano pueda desarrollar plenamente en la vida las facultades, capacidades y talentos de que la naturaleza le ha dotado, y ponerlas al servicio de la sociedad.” La libertad individual al servicio de la colectiva, es decir, la diferencia entre la LIBERTAD y el DERECHO como: – libertad es tener derechos – derecho es algo que se puede exigir cuando haces o cumples con tu deber social; o mejor dicho, el derecho de uno termina cuando empieza el derecho del otro, puesto que tienes la libertad de protestar o hacer algo pero ése algo no te da derecho a hacer vandalismo o terrorismo (como dañar a tu contrario, diferente o a la propiedad pública o privada). Por ejemplo: Tienes libertad de escuchar música, pero no a todo volumen  perturbando la tranquilidad del otro. etc.

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Estatua de La Libertad

Hoy, las libertades conseguidas por nuestros antecesores van siendo recortadas, modificadas, suprimidas o eliminadas en pos de una causa mayor, la seguridad. Pero cuando se pierden derechos fundamentales como las libertades de: vivir, expresión, movimiento y elección fracasamos como seres humanos y no tienen sentido los protocolos creados para garantizarnos precisamente esas libertades y derechos tal y como ordena el  Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales. Roosevelt lo sintetizó en lo que llamaba el discurso de las «cuatro libertades humanas esenciales» cuyos objetivos para el mundo libre de post guerra eran: la libertad de expresión, la libertad religiosa, la libertad de vivir sin penurias (con unos mínimos como trabajo, vivienda, educación y salud) y, el último y más importante, la libertad de vivir sin miedo.

La única libertad fiable es la que puede vivirse en sociedad, la que se conquista en sociedad, la que no nos limita más que en el respeto y se ordena por sentido común, ni tan siquiera por las leyes, pues estas mismas muchas veces son injustas o coartan las propias libertades, como sucede ahora a causa del miedo. Occidente teme a Oriente, concretamente al choque cultural que le supone aceptar en sus conceptos otras culturas, a la invasión, sea demográfica o económica de las mismas y, a su propia historia, la que hizo que el imperialismo o religiones occidentales subyugasen al sur y oriente,  teóricamente civilizándolos. Las consecuencias las pagamos hoy a groso modo con reacciones como las del fundamentalismo musulmán que mal entiende su propio dogma y lo radicaliza en base a un enemigo común, occidente. Creando un supuesto Estado Islámico que sólo es la fachada de un capital y negocio escondido tras el dogma religioso y la demonización del infiel occidente, mal de todos los males y que subyuga no sólo las libertades de sus confesos por la ceguera de la incultura, sino por la culpa de la pérdida de sus propias libertades, del miedo al demonio infiel y, que además coarta las de los  propios enemigos en una sinergia perfecta a causa del horror y el miedo. O la invasión del dragón amarillo que se ha despertado y supone la caída y pérdida de supremacía económico-demográfica del propio Occidente, lo que crea barreras en las libertades con un proteccionismo inoperante que intenta controlar una invasión incontrolable y sólo rota por la avaricia del propio sistema capital, puesto que el dinero es lo único que no teme a invasiones o pérdidas de libertades, es más, más bien las agradece.

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Miembros del grupo terrorista de Estado Islámico (ISIS)

La lucha por las libertades se perdieron en el momento en que temimos por nosotros mismos sin tener en cuenta a los demás. Aceptamos perder nuestras libertades por miedo, aceptamos nuestras propias dictaduras por seguridad, por dinero y por la indiferencia hacia lo que le ocurra al vecino siempre y cuando no nos afecte como individuos. El 11S fue la excusa, la razón era más poderosa, el miedo de Occidente a perder su dinero fue mayor que el miedo a perder sus libertades. Y en esa causa creamos nuestras propias flaquezas y eso lo saben ahora quiénes nos atacan ahora con tanta saña.

De cuando el miedo se cargó a las libertades no es más que la secuencia de la propia historia del hombre, primero con las religiones para ordenar al hombre a través de la superstición y el miedo a un ser superior y divino creando un orden de fe, después al miedo de la diferencia, superior a la virtud del entendimiento y como causa la imposición, y así sucesivamente para llegar a las consecuencias de aquellos lodos a estos barros.

La libertad es el mayor anhelo y aspiración del ser humano y por eso es frágil, por miedo a que sea conseguida.

@JordiCris

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Vladimir Nabokov o el padre de Lolita.

«Apreciad los detalles, los divinos detalles». Esta máxima esencial preside ‘Cursos’, las clases de literatura del escritor que ahora se publican.

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Nabokov escribiendo en el coche.

Vladímir Vladímirovich Nabókov hijo de Vladimir Dmitrievich Nabokov, jurista y estadista, hijo de un ministro de Justicia bajo los zares y de la baronesa María Bon Korff, nacido, no se sabe exactamente si el 22 o 23 de abril, aunque esta última parece ser la fecha biográficamente más aceptada, del año 1899 en la casa de campo familiar en Vyra, provincia de San Petersburgo, por tanto, en el seno de una familia rica, educado por institutrices inglesas y francesas, que a su vez serían sustituidas más tarde por preceptores rusos y alemanes, aprendió a hablar primero el inglés que en su lengua vernácula, el ruso.

Cursó estudios en el Prince Tenishev School entre 1910 y 1917, y en el Trinity College, Cambridge en 1922.

Para escapar a la revolución bolchevique salió junto a su familia de Rusia (1919) y se radicó en Berlín, Alemania. Huido de Europa después del triunfo hambriento de los nazis se refugió en Francia en el año 1937 para terminar emigrando a Estados Unidos en el año 1940, en plena II Guerra Mundial.

Para ganarse la vida enseñó inglés, fue profesor de tenis, y también creó crucigramas para el periódico ruso Rul desde 1922 a 1937. Se forjó cierta reputación como escritor de ficción (en ruso) bajo el seudónimo de, V. Sirin.

El joven exiliado comenzó a labrarse fama como escritor entre la colonia de exiliados rusos. También de entonces data su matrimonio con Vera, una rusa de ascendencia judía y su compañera de por vida. Como nunca aprendió a conducir, dependía siempre de su esposa Vera para que lo llevara.

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Vera Nabokova, la inseparable mujer de Vladimir Nabokov

Había escrito más de 2.000 páginas confeccionando distintos cursos de literatura rusa y europea antes de dar clase alguna. Nabokov necesitaba escribirlo todo, era incapaz de responder a una si no escribía previamente su respuesta. En cuanto al orden cronológico, las primeras lecciones en su trilogía de Cursos no las daría ni en Wellesley ni en Cornell, sino en Harvard, aprovechando una excedencia e invitación que se le hizo en el año 1951. El tema no podía ser otro que la novela fundacional: El Quijote.

Su obra incluye poesía, ficción, drama, autobiografía, ensayos, traducciones, y crítica literaria, así como trabajos sobre mariposas y ajedrez, aficiones heredadas de su padre. Destacó en su carrera como entomólogo acumulando una gran colección de insectos. En la década de 1940 estuvo a cargo de la colección de mariposas de la Universidad de Harvard. El género Nabokovia fue nombrado en su honor, así como otras mariposas, especialmente de los géneros Madeleinea y Pseudolucia.

Popularmente conocido por su novela, Lolita (1955) la extraordinaria y controvertida novela en la época donde Humbert, el protagonista, un hombre mayor, se enamora de una niña de 12 años, Lolita, y la seduce. Los editores americanos temieron lo peor y tardaron en publicarla. Apareció primero en Francia, y tras diversos escándalos y la publicidad que obtuvo, salió en USA (1958), donde consiguió un éxito perdurable. Escribió además Pálido fuego, Ada o el ardor, ¡Mirad a los arlequines! o La dádiva que figuran entre las obras maestras de la literatura de todos los tiempos. Muchos críticos y moralistas atacaron a su novela Lolita que se convirtió en un bestseller tras publicarse cuando ya había cumplido los 56 años y que le dio el reconocimiento y la fama internacional. En 1959 se estableció en Suiza.

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Lolita, la obra que popularizó a Nabokov

El Nabokov pedagogo

Aunque no lo hiciera de manera explícita, porque los decálogos y cualquier forma de regular la creatividad, le ponían enfermo, podemos decir que Nabokov en sus cursos sobre novela europea y rusa, y en menor medida en polémico curso sobre El Quijote, utilizaba una especie de tabla de mandamientos que pretendía  contagiar, nunca imponer, a sus alumnos. No quiso darles la tabarra con grandes peroratas y huecas erudiciones, aunque utilizaba ésta siempre que le fuera de utilidad. Siempre pretendió invitarles a que hicieran de la lectura una experiencia mágica, sensual y dichosa.

Nabokov hacía ver a sus alumnos que sin el lector, sin la responsabilidad y total participación del mismo, pero también sin sus ganas de presenciar un milagro estético, no era posible esa magia, pues al fin y al cabo, la literatura se producía para él mediante esa fricción que se da en el encuentro o choque de dos mundos: el mundo que contiene una novela, con su lógica particular, y el mundo del lector, agarrado inevitablemente al engrudo de la gravitación y las reglas de la realidad. El lector era el encargado de vivificar el tejido que formaba una novela. El encuentro entre uno y otra tenía algo siempre de invención del fuego: la fricción constante que produce un calor que al exacerbase produce una chispa, una lumbre que puede ocasionar una hoguera, un incendio. Así pues el primero de los mandamientos de las tablas de Nabokov exige a los lectores «asumir el misterio de las cosas». Es una línea del Rey Lear, de William Shakespeare, y es lo que Nabokov, que todavía no había escrito Lolita ni se había hecho multimillonario, le sugiere a todo aquel que pretenda tomarse el arte en serio.

Para definir arte propone esta síntesis: belleza más compasión. Y agrega, consciente de la impotencia de su propia definición: «Esto es lo más cerca que podemos estar de una definición de arte». Sin embargo para confeccionar «la realidad», a la que considera una cáscara vacía que sólo podría obtenerse mediante una síntesis de lo que cada cual considerara «realidad» (y la realidad del botánico ante un paisaje no puede ser la misma que la de un paseante distraído), las artes dedicadas a ese negocio no pueden sino recurrir a artimañas ficticias: «Se podrá discutir si el periódico y un conjunto de sentidos reducidos a cinco son las fuentes principales de la llamada «vida real» del llamado «hombre medio», pero una cosa sí es segura, afortunadamente: el mismo hombre medio no es sino un ente de ficción, un tejido de estadísticas». Dado que la idea de «vida real» se basa en un sistema de generalidades, los hechos de esa vida real sólo pueden enlazarse con los de la ficción en cuanto a generalidades. De ahí cabe deducir que cuanto menos general sea una obra de ficción menos reconocible será en términos de vida real. Y viceversa. Ahora bien, partiendo de esa sencilla regla matemática, Nabokov no duda en hacerse trampas cada vez que puede. Por ejemplo, respecto al Quijote, le echará en cara a Cervantes que demuestre un escaso conocimiento de la geografía española, lo que debería haber llevado a alguno de sus alumnos a preguntarle: «Pero, profesor Nabokov, si nos ha dicho que la ficción que crea un autor no le debe nada a la realidad de la que ese autor forma parte, ¿por qué vamos a afearle a Don Quijote que de La Mancha a Barcelona no cruce ningún río? A lo mejor en la España ficticia de la novela no hacía falta que hubiera un río». Nabokov no teme hacer esta trampa una y otra vez, es decir, acude a los datos de la realidad para marcar una debilidad en alguna de las ficciones que comenta, porque por mucho que observara que el arte lo que se propone es crear su propia realidad, parece evidente que ésta no tiene otro remedio que estar anclada en la realidad hecha de generalizaciones, gracias a lo cual si en una novela realista un personaje se tira al metro, el lector no aprobará que aparezca un mago de repente que libre al suicida de su muerte: esas cosas sólo pasan en la realidad, la inverosimilitud es un aliciente de la realidad, en la lógica de la ficción suele señalar una pereza.

Nabokov se previene siempre pidiendo a sus alumnos que no caigan en el vicio de hacer de los personajes de ficción representantes eximios de determinados grupos humanos: el cuadro que Cervantes pinta de la España del XVII es tan representativo de la España del XVII como Santa Claus es representativo del siglo XX. Así pues hay un hiato entre los mandamientos que Nabokov va poniendo en liza en su defensa de la ficción a través de algunas obras maestras (y de otros autores a los que hace estudiar para rebajarles la condición de ejemplares, como es el caso de Dostoievsky, al que considera ramplón, tremendista, y lo peor que puede ser un novelista: un moralista) y algunos de los exámenes que les hace pasar a esas obras. Pero trata en todo momento de recordarse y de recordar a sus alumnos que toda gran novela es un cuento de hadas, y que no hay peor estrategia que la de buscar en sus personajes identificación con uno mismo o enseñanzas pedagógicas o influencia social o, en fin, compromiso. Para Nabokov el compromiso -con qué- es siempre un ardid mediocre: los compromisos se contraen, y contraer es empequeñecerse. Una novela es una obra de arte: lo que se le debe exigir es emoción estética. Lo que debe contagiarnos es perplejidad y asombro para seguir asumiendo el misterio del mundo. De ahí su mandamiento esencial: apreciad los detalles, los divinos detalles.Muchos de los alumnos de Nabokov, cuando éste ya alcanzó la fama mundial, prestaron sus impresiones al recopilador de estos Cursos, Fredson Bowers. Alababan el entusiasmo de su antiguo profesor, el modo en que penetraba en los mundos encantados que iba presentándoles, estudiando itinerarios de personajes, dibujando la especie a la que pertenecía Gregorio Samsa, escudriñando la melodía de la prosa de Jane Austen o el uso de la frase que se desdobla incansable en la de Proust. Algo de esa magia se conserva en el texto de estas lecciones, donde se ve en muchas páginas la lupa del entomólogo Nabokov aplicada a pasajes de sus obras predilectas: una de sus tácticas era reducir las novelas a su demorada exposición argumental para luego buscar, como quien hunde la mano en fango en pos de un brillante, los excepcionales detalles en los que quedaba guardada la emoción. También leía en voz alta sus pasajes favoritos que por sí solos constituirían una deliciosa antología nabokoviana. Para el lector de estos Cursos, será difícil volver a Tolstoi y no apreciar el modo en que juega con las dimensiones del tiempo, o rescatarse de observar el uso del contrapunto que hace Flaubert constantemente. Y desde luego qué cansina queda al lado de la lectura de Nabokov la sólita lectura del Ulises de Joyce como parodia del de Homero: Nabokov nos muestra cómo el tema de la novela de Joyce es el Destino en su terna eterna: el pasado presente pero imposible, el presente ridículo e inagarrable y el futuro patético, los tres bailando en una sincronización de sucesos triviales. En cuanto a El Quijote, ¿a quién sino a Nabokov podía habérsele ocurrido demostrar que el personaje de Cervantes da más palos de los que recibe mediante un cómputo de partido de tenis? ¿a quién sino a él pudo ocurrírsele la genial idea de que en la batalla final, en vez de enfrentarse con el Caballero de la Blanca Luna, debía haberse enfrentado con el Quijote de Avellaneda, para que la falsedad tuviera ocasión de vencer a la ficción verdadera? Los Cursos de Nabokov consiguen lo que se proponen, con sus trampas incluidas: son excelentes puertas de entrada a las novelas de las que se ocupa, y están llenos de observaciones interesantes cuando no geniales, y desde luego, que es lo fundamental, contagian la impresión de que sí, en efecto, una gran novela es siempre un acto mágico gracias al cual sus lectores alcanzan a asumir el insobornable misterio de las cosas.

Original inédito

En abril de 2008, Dmitri Nabokov, hijo y albacea literario del escritor, comunicó a la prensa su decisión de publicar una novela inconclusa de su padre. El manuscrito, titulado The Original of Laura, consta de 138 fichas, el equivalente de unas 30 páginas manuscritas. A su muerte, en Montreux, Suiza, el 2 de julio de 1977 Nabokov había dejado instrucciones para que el manuscrito fuera destruido; su viuda, sin embargo, optó por conservarlo.

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Las obras de Vladimir Nabokov

  • La defensa de Lùzin (1930)
  • Desesperación
  • Invitado a una decapitación
  • Barra siniestra – fue su primera novela en inglés (1947)
  • Lolita (1955)
  • Pálido fuego (1962)
  • Alexandr Pushkin Eugene Onegin (4 volúmenes). Publica su traducción al inglés (1964)
  • Habla memoria (1966)
  • Ada o el ardor (1969)
  • Una belleza rusa y otros relatos (1973)
  • Opiniones contundentes (1973)

“Aunque camino siempre al borde de la parodia, tiene que haber, por otra parte, un abismo de seriedad”.

Para finalizar recomendarte que consigas el documento único que te hará comprender la vida de este notable artista. Un video (es posible conseguirlo en DVD y VHS) con la entrevista que Bernard Pívot le realizó en su programa televisivo “Apostrophes“, para la televisión francesa, a Vladimir Nabokov en 1975. Es de público conocimiento el rechazo natural que Vladimir tenía por las entrevistas televisivas, pero para esa oportunidad puso una serie de condiciones que demuestran el tipo de sensibilidad que poseía este notable escritor y sencillo ser humano.

Por Jordi Carreño Crispín.

P.D: Dedicado a todos mis amigos escritores, a los que he leído, a aquellos que con la pluma de su imaginación son capaces de hacernos volar a múltiples paraísos, a los que nos regalan billetes para aprender, soñar, reír, llorar, y, con su sapiencia nos vuelven si no más sabios, al menos más críticos y conocedores. Gracias a todos… Especialmente para la novel escritora que con algún certamen cuenta ya en su currículo, mi hija Aurora Carreño, a mis amigos Celia Velasco, Pedro Prieto, Guillem Bujosa, Jorge Espina, Juan Mi Julià (Samuel Bressón), Antonio Doñoro, José Aranda, Joana Pol, Miguel Ángel Vidal, Victòria Fullana, Martín Garrido Ramis, Miquel Adrover Caldentey, Paco Tena, Paco Ferrandis, Inma Chacón y aunque ya no esté entre nosotros al inolvidable profesor José Luis Sampedro… y a los que aun  no he leído pero leeré algún día y, por supuesto a mi musa, la que me inspira y única que es capaz de hacerme escribir compulsivamente , Tuñy Barcala.

Fuentes y extractos de textos documentales:

www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/1603/Vladimir%20Nabokov

http://www.elmundo.es/cultura/2016/12/17/5854455cca4741ff3f8b462a.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Vladimir_Nabokov

 

 

Eufemismos revolucionarios

Las revoluciones son situaciones donde todo da un giro y se transforma. Donde desde la tecnología hasta las situaciones políticas o sociales más complejas y relevantes cambian gracias a ellas.

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El comandante Fidel Castro líder de la Revolución cubana fallecido ayer 25 noviembre de 2016

Les debemos mucho, pero no siempre el resultado es el esperado y paradójicamente han estado mayoritariamente vinculadas a eufemismos que contradicen sus significados primigenios. De las grandes revoluciones por la libertad de los pueblos, la historia de la humanidad nos revela otras realidades y hechos distintos a lo que las mismas pretendieron.

Podemos decir y apuntar claramente en la historia universal que las grandes revoluciones además de las industriales, tecnológicas para mi han sido nueve: La Revolución Francesa, La Revolución Norteamericana, La Revolución Haitiana, La Revolución Rusa de Octubre o Bolchevique, La Revolución China de Mao Zedong, La Revolución Cubana, La Revolución de los Jemeres Rojos, La Revolución de los Claveles y la Primavera Árabe. Todas ellas han cambiado  realidades, mapas políticos e incluso geográficos. No incluyo los “golpes de Estado“, que no dejan de ser revoluciones al fin y al cabo, pero motivadas y destinadas únicamente a los cambios de poder político, orquestados normalmente por corrientes o intereses imperialistas, militaristas, fascistas, etc. Interminable la lista.

Indudablemente la pretensión de todas han sido las de liberar o reconducir a sus pueblos de opresiones tales como monarquías, colonialismo, influencias religiosas o regímenes dictatoriales u opresores -según convengan- y que están pensadas y orquestadas con el leitmotiv de mejorar la vida de sus conciudadanos. Pero la realidad torna diferente cuando a excepción de la Revolución Francesa y Norteamericana, que instauraron los principios ilustrados del republicanismo que nos condujeron a la democracia moderna terminando con el llamado Antiguo Régimen, la caída de las monarquías absolutistas y coloniales (en el caso de Norteamérica) para llegar finalmente al modelo de libertades teóricas occidentales, y aun así tuvieron que padecer en nombre de las mismas las guerras entre jacobinos y girondinos, los Sans Culottes contra los jacobinos, hebertistas y enragés  o el imperialismo napoleónico o, en el caso de Norteamérica las guerras de independencia de los Estados y la propia Guerra de Secesión para llegar a su objetivo final. Quizá la Revolución pacífica de los Claveles sea la única con un coste y resultado óptimo a su origen e intención, porque las demás terminaron bajo el yugo de dictaduras personalistas y tanto o más opresoras que lo marcaban sus objetivos, la de liberar a sus pueblos. Rusia, China, Cuba y Camboya bajo las dictaduras de la hoz y el martillo, Haití bajo los gobiernos presidencialistas corruptos o la sangrienta dictadura de “Papa Doc“, la Primavera Árabe con guerras internas llevadas al ámbito internacional y contra occidente entre suníes, y chiitas y sus diferentes corrientes sufistas, jariyistas, salafistas, wahabistas, en definitiva, la lucha entre árabes, bereberes y las diferentes corrientes islamistas, desde las más democráticas hasta las más fundamentalistas.

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Quiero decir con ello que bajo las palabras más usadas en el término revolución vienen casi siempre como sinónimos acepciones como “imposición”; en la de pueblo e igualdad “élite”, en la de libertad “control”, en la seguridad “represión”, en pensamiento libre “adoctrinamiento”, en la de enemigo “opositor”, en la de justicia “injusticia” y en la de imperialismo “absolutismo“. Y es que nunca se ha usado tan mal y con tantos eufemismos los términos que engloban a revolución, libertad, igualdad y justicia tantos eufemismos y argumentos que disfrazan lo contrario. Tanto es así que hasta Napoleón que se consideró un ilustrado y revolucionario las definió así: ” En las revoluciones hay dos clases de personas; las que las hacen y las que se aprovechan de ellas.” o frases como la de Stalin que terminó por fulminar a todas las corrientes de adversarios: leninistas, trotskistas, etc. ” No podéis hacer una revolución con guantes de seda”.

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Y es que el eufemismo parece algo intrínseco y arraigado en cualquier tema relacionado con el gobierno de los pueblos, en el hombre en sí, de ahí que no haya revoluciones que no lleven finalmente al dogmatismo del proteccionismo ideológico de un líder o doctrina, en definitiva, a un sometimiento de un modo u otro.

Sé que muchos no estarán de acuerdo, sobre todo la gente de la izquierda más radical que tiene héroes como Mao, Ho Chi Minh, Fidel, Chávez o Maduro ahora, pero si ésa es su libertad yo se la regalo por mi esclavitud occidental y capitalista que al menos me permite escribir y hablar tal y como pienso, y mis limitaciones son las propias de la ley y las circunstancias propias de los mercados, para bien y para mal. Y aun así, tengo la libertad de quedarme o irme si no me gusta.

Jordi Carreño Crispín  @JordiCris